Charlitas Internas

La cantidad de charlas que hemos tenido mientras me lavo los dientes… o cuando estoy fregando. También cuando me baño.

Pero todas en silencio, en mi cabeza. Nunca puedo hacer una sola cosa a la vez.

Los mejores proyectos, las ideas, los emprendimientos y las respuestas a muchos mambos, han salido en momentos como esos.

Hoy estuve en una postura que no me enorgullece para nada. Estuve burlándome de la actitud de otra mujer, repasando lo que hace, lo que escribe en su red social de preferencia, y pensando en las cosas que han pasado para atrás.

Y realmente no me gusta reírme de la gente. Todos tenemos mambos, todos tenemos guerras, y todos lidiamos con nuestro propio infierno, menos bueno o malo, pero todos lo tenemos.

De pensar en eso, también pensé en lo que una vez me dijo el psicólogo, hace mucho tiempo, respecto a proyectarme a mi misma en esas otras personas.

Y cuando llego a puntos de quiebre, a preguntas que seguro me hagan ponerme colorada, aparece esa cara en mi mente, esa mirada que me saca todas las mentiras, esa pregunta que no está pero sé que está queriendo saberlo todo.

Y se me vuelve vívido el pensamiento, veo los colores de las paredes, siento los olores, hasta la música sonando. Me vi apoyada en la mesa del comedor, de frente a la puerta de salida, con el gato echado arriba de la mesa y él de frente, casi entre mis piernas, mirándome.

Mi primer pensamiento mientras fregaba e intentaba decidir qué hacer en mis próximos días de vida fue “no estoy para jueguitos de nenas que no aguantan el tirón de la realidad”.
Y esa otra voz me dijo, ¿Y SI ESO TE LO ESTÁS DICIENDO A VOS MISMA?

Y todas esas personas, esas miradas, todos esos espectadores en mi cabeza se dieron vuelta a mirarme, tal cual en una escena de “Continuará…” y me morí de vergüenza.
Sentí el calor subiendo por mi cara. Y cuando eso pasa, ya sé que estoy como un tomate.

Hay una sola mirada que me llena de vergüenza. Porque ya sabe todo. Me conoce, me escucha y se guarda lo que aprende.

Vergüenza.

Porque hay algo ahí adentro de mi que me está hablando, y me está dejando mal parada.

“Yo me creo lo que es, nada más” fue mi respuesta mental mientras ponía la pasta de dientes sobre el cepillo. Y esa voz me retrucó “¿y qué es lo que es?”.

Y ahí empecé a titubear, a pensar qué decir, cómo decirlo.

¿Tenés miedo a que te diga que nada que ver? y si, claro que si.

Lo que para mi es, puede no ser. El problema es que me gusta ser la favorita, marcar la diferencia, hacer sentir bien a la gente para que me elija. ¿Ley de la selva o pelotudismo? No lo sé. Todavía estoy buscando la respuesta.

¿Que me he sentido super especial en muchas oportunidades? Obvio.

¿Que me sentí super especial cada vez que me invitaba a juntarme con sus amigas? Obvio.

¿Que me sentí super especial cuando me sumó a las salidas de sus grupos? Obvio

Ni que hablar el día que, con toda su voz tímida me dijo que quería invitarme al estadio y yo con aires de superada le dije que si, con mucha calma y por dentro me estaba quemando todo el fuego del amor que podía tener en ese momento.

En cada cosa que me incluye me siento especial, y por momentos me creo con el derecho a tener esa preferencia, que me quiera tener cerca. Pero se me presenta la cara de Frank Underwood de House Of Cards, con esa mirada de «nena, no seas tarada. Aflojá».

A veces me encuentro en una posición de creerme por encima del bien y del mal porque es la única forma que he encontrado para que no me afecte. Lo he pensado, y creo que ya me lo creí. Porque muchas veces, realmente no sé si quiero estar con él, simplemente sé que me va a tener toda la vida, para lo que necesite, porque el tipo de amor que siento por él, es algo libre. Siento algo hermoso, pero bien, de una forma que si estamos separados, y veo una foto de él, voy a suspirar, me voy a reír, posiblemente se me llenen los ojos de lágrimas por lo que no fue, y desee que sea feliz. Estoy segura que siempre me va a llenar el pecho de la forma que lo hace ahora.

Hace años me pasó al ver una foto re linda con su ex. Los vi, felices, me emocioné por sus caras, y porque posiblemente a mi nunca nadie me mirara de esa forma algún día, y esto me lleva a recordar una gran frase que tengo pintada en la puerta del placard de mi viejo dormitorio en la casa de mi madre que dice algo como…: «el mayor obstáculo para el amor es el temor secreto de no ser digno de ser amado».

Habría que revisar en qué parte de mi historia se me desconfiguró la fichita del amor para que toda mi vida haya estado no creyéndome digna de que alguien me ame bien.

Amar bien.
Dos palabras que dicen un universo de cosas.

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