Ganas de encontrarme

– ¿Y qué hay allá que tanto te angustia cuando vas?

– Lo que fui en algún momento, supongo. Le contesté.

 

Volver no es siempre igual. Ni yo soy igual cada vez que vuelvo.

Creo que a medida que voy aprendiendo a quererme un poco más, acepto que todo lo que pasó fue lo que me hizo ser la que soy ahora. 

Esos cuadernos, esos cuentos perdidos, esas hojas llenas de «te amo» de miles de colores, esa intensidad en cada vez que escribía mi nombre junto al amor de turno, los dibujos, las fotos, todo. Todo eso que fui, y que en parte soy.

Hoy llegué sin largar una lágrima en todo el viaje, venía feliz, el día no podía haber sido mejor. Feliz por el presente, feliz por el futuro, feliz, simplemente feliz. Llegué a casa, a mi cuarto, porque aunque ya no viva acá y ya no quede nada de mi yo de antes, es mi cuarto y lo será siempre. 

Observé callada todo, solo queda un banquito con diseños de Disney de cuando era niña, y un oso de peluche que me regaló algún novio de la adolescencia. Ya no están mis paredes de colores, ya no está mi cama de caño blanco, ya no está mi acolchado rosado de bichitos, ni mis estanterías llenas de libros y fotos. Tampoco está el cuadro del viaje a Bariloche ni la puerta toda dibujada, como la tuve algunos años.

En la ventana quedan algunos pegotines que cuentan algunas historias… los 2 años de mi prima, que ya cumplió 17, alguna que otra fiesta local, algunas visitas al Pilsen Rock, recuerdos de algunos lugares que visitamos en el viaje de sexto grado, algunos de política, que no les encuentro sentido, pero creo que me gustó su diseño y algún cartel de fulana y fulano. Cómo me gustaba estampar mi nombre junto al de él por todas partes. Cuánto lo amaba a ese chiquilín. 

Muy poco queda de aquella yo. Casi todo viaja conmigo siempre, adentro de mi. 

Mucho tiempo me dio miedo volver, casi no salía a la calle, no quería cruzarme con nadie, como sabiendo que había dejado atrás cosas malas, cosas que no me enorgullecían, cosas que ya son fantasmas, pero que seguían cortando.

En el viaje pensé por qué hoy ya no tenía ganas de llorar mientras volvía. Busqué varias razones y me di cuenta que de a poco voy aprendiendo a enfrentarme. A mi, a lo que dirán, a la mirada de mi madre que siempre juzga todo, y a ese aire lleno de energías acusadoras.

Pienso que no todo fue tan malo, todos tenemos una vida para probar, errar, acertar, y mejorar.

Siempre puede ser un buen momento para despertar un poquito más la conciencia y avanzar. Las hojas se van renovando, pero para eso tenemos que tener bien fuertes las raíces, y lo que fuimos, fuimos, y no va a cambiar.

No todo fue tan malo. Quizás sea cuestión de ponerle un poquito más de luz, y ver el pasado con algo más que nostalgia. 

No todo fue tan malo, el momento de seguir mejorando es ahora.

No todo fue tan malo, y las ganas de encontrarme son enormes. La Yo de hoy, deja un bolsito lleno de cuadernos viejos, y le manda un abrazo enorme a la Yo de ayer que seguro le va a venir bárbaro.

 

Share This

Copy Link to Clipboard

Copy