No más preguntas

Hoy le dije que no más preguntas.

Fui a su casa antes que se fuera de viaje, para que me explicara algo tan simple como es cuidar los gatos. Simple pero como todo, tiene su lado complicado.

Una semana de madre sustituta. Una semana que no es nada, “o es mucho”, dijo, y me quedé pensando si esa frase la había dicho yo la semana pasada cuando me iba a pasar la navidad a mi casa, y le declaraba mi amor, sin decir esa palabra.

Me vio seria, me preguntó qué había pasado. Sabía con total certeza que había algo que no estaba bien, y preguntó.

Preguntó en la cocina, preguntó en el dormitorio, volvió a preguntar en el living.

“¿me querés explicar lo que me quisiste decir ayer? (hablando de un mensaje que le envié sobre cuidarse, cuidar a las personas que lo rodean, no jugar de afuera y pensar las cosas… demasiada información quizás)

“A buen entendedor, pocas palabras”, dije, y lo dejé pensando en silencio.

Cebé mate, como siempre, escuché algunos cuentos que tuvo de la noche, jugué con el gato, respondí algunos mensajes, fui buena alumna y presté atención a las indicaciones de comidas y limpieza de sus mascotas, y volví a sentir su mirada en mi, queriendo saber qué me pasaba.

“Llovió mucho” le dije.

Siempre el doble sentido aparece en nuestras charlas. El llover se sabe que es dejar que todo salga, porque la lluvia limpia, hace que todo florezca, y principalmente, yo que me defino como “gente de lluvia”, aprovecho la lluvia (la real) para largar cosas, escribir, o abrirme el pecho con algún cuchillo para mostrar todo lo que tengo adentro.

Había detalles que me hacían entender que había tenido visitas la noche anterior. Hice algunas preguntas puntuales pero no entendió a dónde estaba queriendo llegar. Se quedó callado.

Él sabe que no soy boba, o al menos no todo lo que me gustaría.

“¿Así que soy mal entendedor?” – Yo creo que uno muy bueno, por eso no se diga más.

¿Cuál es la pregunta?, dijo.

No más preguntas. Dije.

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