Paro. Me voy

Siempre igual.

Siempre repitiendo patrones de cosas que no conocemos y no tenemos muy en claro.
Una y otra vez las mismas historias, los mismos desenlaces, los mismos finales no felices, las mismas caras largas y el mismo nudo en la garganta.

Hay situaciones que parecen no dejarnos ir, vuelven una y otra vez, sin sentido aparente. Creemos que nos hacen bien en ese momento, o que quizás es lo que el universo tenía reservado para nosotros pero no es así, o si, pero podemos decidir si es lo que queremos. En definitiva estamos decidiendo todo el tiempo.
Quizás en ese instante pasamos maravillosamente bien, pero, ¿luego? En algún momento tenemos que pensar en nosotros y tomar decisiones que sirvan a largo plazo, más allá de la satisfacción momentánea.
Terminamos pensando como drogadictos, buscamos escaparnos de la realidad en esos momentos, esos micromomentos, que a la larga nos van a hacer mal.

NOS HACEN MAL.

Es tremendo proceso, el intentar contenernos, contener los deseos, los enojos, dejar de lado lo lindo que nos genera esa persona que nos mueve el piso.

¿Por qué dejar de lado?
Poder sacar esos esos sentimientos , poder expresarlos, vivirlos y darles con todo lo que tenemos es lo más sano, aunque muchas veces, terminan siendo lo mismo que nos hace mal.
Todo lo que no se saca, acumula y va llenando, hasta hacernos explotar. Estamos en ese constante proceso de aguantar, soltar un poquito, ordenar nuestros monstruitos internos, y llevarlos por el camino que nosotros queremos, por el que sabemos que no hay repechos ni bajadas, ni pozos, ni bosques oscuros.

Siempre digo que no es divertido estar en la zona cómoda de la historia, en nuestro “lugarcito seguro” pero a veces es necesario, parar, respirar, pensar y mirar los carteles que tenemos en frente y decidir para donde queremos ir.

El camino está para hacerlo. A elegir se ha dicho.


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